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sábado, 25 de abril de 2009

Soñando ciudad ...



Ayer, hace una semana, hace un mes, ya no recuerdo o quizás todas a la vez; transitando por las calles de la que creo mi ciudad observo al abuelo extasiado con el ruido de los árboles al ser batidos por el aire, para finalmente ser refugio de aves y por qué no, a veces de sueños no cumplidos, abuelos que hoy reciben en sus casas la pensión, ya no tienen que adelantársele al alba para hacer eternas filas y recibir aquella que nunca recibió el “coronel” de Gabo; sigo deambulando por las calles limpias, donde todos respetan la prelación de paso de los peatones, donde quien se equivoca al volante del rodado no ha firmado su sentencia de muerte, no he vuelto a ver “mafionetas” atravesadas donde se les viene en gana a sus estrafalarios conductores para quienes en muchas ocasiones no importa que la vía sólo tenga un carril a causa de un sistema de transporte que algunos burócratas incrustaron en una comarca que tenía un buen servicio de transporte urbano, mejorable claro.

Sigo divagando por las calles, sin temor a ser agredido, apreciando como los constructores no ocupan las aceras y las vías durante todas las horas del día, todos los días y por meses, los pajaritos siguen cantando – algunos – los que sobreviven a la idea de que los árboles tienen que ceder ante las cuerdas de transmisión eléctrica, ya hoy corremos las líneas y preservamos los árboles; sigo trotando mi ciudad y me regocijo con los amplios andenes, que antes fueron vías vehiculares; los rayos del sol han vuelto a penetrar por todos nuestros poros, mientras el puro aire funge de bálsamo, ya los “personajes” no andan con escuadrones de seguridad legitimados para atropellar a cualquiera. Los guardas de tránsito regulan el tráfico dando prioridad a los niños que quieren llegar a la escuela o regresar al hogar, los policías ayudan a los ciegos a cruzar las calles, las autoridades son fieles al bien común y antes que viajar, procuran tener la casa en orden y controlan a los pocos que se atreven a vulnerar el derecho social.

Pero que va, una marejada de CO2 me trae a la realidad: todo era fruto de un opiáceo sociológico; simplemente estaba soñando pues vivo en una ciudad antinomia a mis sueños. Pereira y Dosquebradas son ciudades sin dios ni ley; vivimos como en el viejo oeste, cada cual trata de sobrevivir al más fuerte, la violencia descarnada y sutil son el pan diario, más que los pajaritos, añoran nuestros abuelos aquellos días donde la urbanidad y decencia eran las primeras enseñanzas y no la de ser el más “vivo”: aquel que rompe la cola o que se la da de avión, cuando en verdad estafa. Gobiernos locales no existen, salvo para viaticar o aumentar tributos, pero nada más; pues siguen desconectados de la realidad de miseria y hambre que campea en la mayoría de la población de nuestra área metropolitana.